Monseñor Juan José Gerardi Conedera

Su niñez

Nació en Ciudad de Guatemala el 27 de diciembre de 1922. Sus padres fueron Don Manuel Benito Gerardi y Doña Laura Conedera Polanco de Gerardi. Tuvo tres hermanos: Francisco, María Teresa y María del Carmen.

Estudios

Inició sus estudios en el centro educativo del Asilo Santa María de la ciudad de Guatemala con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Entró en el Seminario Conciliar, en la 10ª avenida y primera calle de la zona 1, donde realizó los estudios de humanidades y filosofía. Posteriormente pasó a New Orleáns, en el Notre Dame Seminary, Luisiana, USA, donde completó sus estudios de Teología.

Ministerio Pastoral

Fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1946, en la Catedral Metropolitana de la ciudad de Guatemala.

Pasó como coadjutor por las parroquias del Sagrario, luego Párroco de Mataquescuintla (1948-1951), Tecpán (1951-1955), Patzicía, Chimaltenango (1954-1955), San Pedro Sacatepéquez (1955-1956), Palencia (1956-1959). En la Curia hasta 1967, desempeñó funciones de Capellán de Santa Clara, Párroco de El Sagrario, Consiliario de Cursillos de Cristiandad, y Párroco de Candelaria, de 1966-1967.

El 9 de mayo de 1967 el Papa Pablo VI lo nombra Obispo de la Diócesis de La Verapaz , siendo consagrado en la Catedral Metropolitana de Guatemala el 30 de Julio de 1967, su lema episcopal fue “Constituido al servicio de Dios a favor de todos”. Tomó posesión de su Diócesis el 11 de agosto de ese mismo año; en septiembre de 1974 fue elegido tercer Obispo de la Diócesis de Santa Cruz del Quiché.

Su participación en la vida de la Iglesia en Guatemala fue siempre muy activa; era sumamente apreciado y querido entre el clero y los obispos, de forma que desde 1972 fue elegido para el cargo de Presidente de la Conferencia Episcopal (CEG) por dos períodos consecutivos, 1972-1974, y luego, 1974-1976; repetirá de nuevo este cargo, de 1980 a 1982, al que renunció por encontrarse en el exilio. En 1974 la Conferencia Episcopal lo eligió como delegado al Sínodo de los Obispos, que se celebró en Roma sobre el tema de la Evangelización.

Obispo del Quiché

Poco después del Sínodo fue trasladado al Quiché, una realidad nueva, también indígena; con pocos agentes de pastoral, en esta Diócesis también ejerció su ministerio en un territorio muy extenso, difícil y diversificado, en años en los que la situación de la violencia crecía considerablemente. El Quiché era una Diócesis reciente, creada en 1967, con poco clero autóctono; todo el trabajo pastoral desde 1955 fue configurado según el hacer propio de los Misioneros del Sagrado Corazón, que trabajaron denodadamente en la evangelización, la promoción religiosa, social, económica y cultural del pueblo. La acción Católica configuraba entonces el modo propio de ser y el hacer de la iglesia en el Quiché; su fuerza eran los laicos, los catequistas. La Diócesis contaba con un contingente grande de catequistas en cada parroquia, sumamente disponibles y generosos; verdaderos hombres de fe, con sabiduría y probados en todo.

La vida eclesial se regía en esencia por el estilo de organización y propuestas que ofrecía el modelo de la Acción Católica, fundada unas décadas antes por Monseñor Rafael González Estrada. Aún en los rincones más apartados de la geografía del departamento, se fue haciendo paulatinamente presente la vida de la Iglesia por medio de la Acción Católica.

Este acontecimiento abría la esperanza de la gente. Este modo de proceder fundaba parte de su éxito en la organización, en el trabajo incansable de los agen­tes de pastoral, y en los logros que se iban alcanzando, desde una organización de base muy compartida. La Iglesia abrió caminos de participación nunca antes soñados por la gente; se crearon escuelas, se hicieron caminos, se mejoró la producción, cre­ció ciertamente, el nivel de vida.

En 1976 fue asesinado el P. Guillermo Woods, encar­gado de las cooperativas en la región del Ixcán Grande, norte del departamento. Su avioneta cayó cerca de San Juan Cotzal (Quiché), en un accidente difícil de entender únicamente como un accidente casual.

Este fue uno de los signos más claros y el inicio de una sistemática persecución contra la Iglesia. Progresivamente las acciones violentas de diversa índole se fueron entrecruzando en un departamento donde el accionar del Ejército contra los grupos guerrilleros fue recrudeciendo.

A su vez, la Iglesia empezó a ser un objetivo directo de diversas acciones de muerte por parte del aparato contrainsurgente y de los organismos de seguridad del Estado. La violencia alcanzó situaciones indescriptibles de 1980 a 1983, años en los que la Iglesia sufrió muchas muertes en sus agentes de pastoral: sobre todo en catequistas y directivos de las comunidades cristianas; la represión era indiscriminada, y por momentos irracional en grado extremo; el 31 de enero de 1980, fue incendiada la Embajada de España en Guatemala; murieron calcinadas unas 39 personas, en su mayoría campesinos indígenas del Quiché, que buscaban sin éxito ninguno, ser escuchados por las autoridades ante la violación permanente de sus derechos. Eran los años del régimen militar del general Romeo Lucas García, de triste memoria para el pueblo guatemalteco.

La Diócesis de Santa Cruz del Quiché, con su Obispo Juan Gerardi a la cabeza, emitió entonces un vehemente comunicado de condena de tales hechos de violencia, condenando a la vez, otros hechos más que se perpetraban contra los sencillos habitantes indígenas del Departamento. A pesar de todo, ese año emprendió con los agentes de pastoral, la realización del Plan Diocesano de pastoral, que prácticamente lo tenían terminado en el mes de mayo, pero en circunstancias límites, en las que los agentes de pastoral estaban disminuyendo significativamente en la Diócesis. Nunca se pudo implementar.

Los primeros meses de 1980, habían sido un ir y venir de acontecimientos trágicos también en el departamento del Quiché; Monseñor Gerardi, a la cabeza de su Iglesia había condenado nuevamente muchos de los abusos a los derechos humanos que a diario se cometían.

El 4 de junio de ese mismo año fue asesinado el Padre José María Gran en Chajul (Quiché), MSC, junto con su sacristán, Domingo del Barrio Batz, cuando regresaban de una gira misionera, de las que acostumbraban frecuentemente, por las aldeas de la parroquia.

A los pocos días de estos hechos violentos y de dolor para la Diócesis del Quiché, se conoce el atentado planificado contra el mismo Obispo, Monseñor Juan Gerardi; los catequistas del pueblo de San Antonio Ilotenango, donde el Obispo debía ir a celebrar una Santa Misa de primeras comuniones, avisaron, y el hecho trágico, afortunadamente no se consumó. Es entonces cuando el Obispo y los poquitos agentes de pastoral que quedaban en la Diócesis para la fecha, toman la decisión dolorosa de salir temporalmente de la misma (21 de julio de 1980), como signo de denuncia de los hechos que se venían dando contra la Iglesia de forma tan trágica y sistemática.

La persecución contra la Iglesia era abierta e implacable. Ya no se miraba el signo ideológico: ser catequista o sacerdote en El Quiché, se tomaba como una actitud de reto al ejército, que éste reprimía sin miramientos. Había que acabar con los curas del Quiché, incluso con el Obispo, ¡porque todos eran comunistas y guerrilleros! En las aldeas y cantones la gente empezó a sufrir gran presión; se cerraron los oratorios, que sólo con el permiso del comandante del lugar se podían abrir; los catequistas enterraban las Biblias, los objetos religiosos, las imágenes, rosarios, catecismos, libros de cantos, de alfabetización, de salud...

Como consecuencia de todos estos hechos, que constituyen una persecución sistemática contra la Iglesia, Monseñor Gerardi, debió salir de la Diócesis temporalmente el 20 de julio de 1980, protegido, y de forma muy discreta; sin embargo ya no pudo regresar a ella. En esos días tan amargos, pasó por los conventos de varias comunidades religiosas, desde las Hermanas Dominicas de la Anunciata en Chichicastenango, las Esclavas del Sagrado Corazón, en la capital, o los carmelitas de Santa Teresa, en la Zona 1, también de la capital. De esa forma pudo disimular más fácilmente su presencia, y huir de quienes pretendían tenderle un atentado.

A las pocas semanas, Monseñor Juan Gerardi, que cumplía funciones de Presidente de la Conferencia Episcopal de Guatemala, salía en un viaje hacia Roma, junto con Monseñor Próspero Penados del Barrio, para asistir al Sínodo sobre la Familia, que habría de celebrarse en el Vaticano, y de paso o tal vez, como objetivo principal, informar a S.S. el Papa Juan Pablo II, sobre la realidad guatemalteca y los acontecimientos de la Diócesis de Santa Cruz del Quiché.

Después de asistir al Sínodo, y teniendo en cuenta que el Papa le había pedido regresar a la Diócesis, aún en las condiciones de militarización y persecución en las que se encontraba el Departamento del Quiché, Monseñor Gerardi decidió regresar a su Diócesis. Dispuesto regresaba el Obispo a cumplir tal mandato, sin embargo, no se hizo realidad, porque a su regreso al País, a finales del mes de noviembre, las autoridades militares de las oficinas de migración del aeropuerto de Guatemala, por órdenes de alto nivel, le impidieron su entrada al País, tal vez providencialmente, aún siendo como era guatemalteco, y teniendo todos sus documentos en regla. De no haber mediado la oportuna intervención de algunos Obispos, y otras personas de Iglesia que se hicieron presentes en el aeropuerto, y entre ellos de Monseñor Rodolfo Quezada que junto con el secretario de la Nunciatura, pudieron pasar a las dependencias de migración donde tenían detenido a Monseñor Gerardi, tal vez hubiera sido allí mismo desaparecido. Para el gobierno no dejaba de ser un comunista peligroso, y por tanto objeto de vigilancia y rechazo.

Debió por tanto, y muy a su pesar, asilarse por un tiempo prudencial en Costa Rica, se fue como coadjutor a la parroquia de San Juan de Tibás donde dejó gratos recuerdos en su ministerio pastoral. Un año y medio después, y al saber que Lucas García no estaba ya en el poder luego del golpe de Estado (23 de marzo 1982), del que se alegró Monseñor Gerardi, regresó a Guatemala en el período golpista del general Ríos Montt, que andando el tiempo más que mejorar la situación, la complicó tanto para la Iglesia como para la sociedad.

Ya en Guatemala y después de renunciar jurídicamente a la Diócesis de Santa Cruz del Quiché (14 de agosto, 1984), fue nombrado Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Guatemala, encargado de la Vicaría general y también de pastoral social. En 1984, la universidad de Eichstatt, de la R.F. Alemana en aquel entonces, le concedió el Premio de la Paz, a su esfuerzo y al de la Iglesia en Guatemala, a favor de los derechos humanos, la concordia y la paz.

Defensor de los humildes y perseguidos

“El sufrimiento de Cristo en su cuerpo místico es algo que nos debe hacer reflexionar. Es decir, si el pobre está fuera de nuestra vida, entonces quizás, Jesús está fuera de nuestra vida” (Juan Gerardi, 10 de marzo de1998).

En el arco de historia que le tocó vivir a Monseñor Juan Gerardi, vio crecer la organización de la Iglesia guatemalteca luego que las décadas de dictaduras liberales la pretendieron reducir a las sacristías; él mismo se distinguió por ser un pastor dinámico en La Verapaz y en El Quiché; participó en la III ª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Puebla de los Ángeles, México, del 28 de enero al 13 de febrero de 1979; allí, junto con otros Obispos y delegados de la Iglesia guatemalteca, renovó su compromiso con la opción preferencial por los pobres, a la que permaneció fiel toda su vida, no por ideología, sino por convicción evangélica. Superados los años dolorosos de su estancia como Obispo en El Quiché y el exilio, decidió ponerse al servicio de la Iglesia guatemalteca, esta vez acompañando al recién elegido Arzobispo de Guatemala: Monseñor Próspero Penados.

Una vez nombrado Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Guatemala, se comprometió de diversas maneras en la animación pastoral de la misma; participó en el Sínodo Arquidiocesano, pero sobre todo llevó adelante la creación y coordinación de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (1989), que durante varios años ha venido trabajando en beneficio de las víctimas de la violencia en Guatemala, y en la promoción y defensa de los Derechos Humanos. Como integrante de esta Oficina viajó durante varios años consecutivos a Ginebra, Suiza, con el fin de denunciar internacionalmente las violaciones a los Derechos Humanos en Guatemala, en las Asambleas anuales de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Esta actitud siempre le acarreaba críticas de algunos sectores guatemaltecos un tanto reacios. Sabemos que su preocupación fundamental era la protección del derecho a la vida, como supremo don de Dios, y junto a él todos los derechos sociales, económicos y culturales, que hacen del ser humano un sujeto libre por naturaleza allí donde Dios lo plantó.

Participó igualmente en algunos momentos del proceso de paz que se inició a raíz de la firma de los Acuerdos de Esquipulas II (agosto 1987) y la conformación de la Comisión Nacional de Reconciliación, presidida por Monseñor Rodolfo Quezada, a quien acompañaba Monseñor Juan Gerardi. . Fue gestor activo de muchos de los documentos más significativos de la CEG , a favor de la justicia, los derechos humanos, y la construcción de la paz en Guatemala. Aquellos que siempre se opusieron a la presencia de la Iglesia en el campo social, acusaban a Monseñor Gerardi de eclesiástico político, o cosas parecidas. En más de una ocasión, aparecieron “pintas” en las paredes de algunas de las calles del centro de la ciudad, contra Monseñor Gerardi. Este gran Obispo defensor de los Derechos Humanos, nunca se prestó a las ambigüedades de la política, ni transigía con la corrupción de poderes partidarios. Hombre de iglesia, en nombre de Dios, -sin decirlo ciertamente- reclamaba para los débiles, para las víctimas de la violencia, para los necesitados, los derechos que les eran propios.

Como fue Monseñor Gerardi

Pastor bueno y fiel. Obispo como era, y que lo reconocían como “pastor bueno y fiel”, asumió en su vida la causa de Jesús y como Iglesia, trabajó siempre para superar divisiones y enfrentamientos; quería para Guatemala una gran comunidad de pueblos reconciliados.

Sabía escuchar. Ciertamente, nos ha enseñado a vivir desde nuestras raíces; escuchaba, en situaciones en las que pocos parecen querer ya aprender lecciones, sino más bien darlas. No se clasificaba entre los hombres intelectuales, dedicados pacientemente a la investigación; no producía mucho, escribía más bien poco; pero sí era perspicaz, intuitivo, práctico, atento, con capacidad de escucha para saber discernir y decidir acertadamente. Son características las imágenes suyas en el gesto del hombre que ESCUCHA, que acepta al otro, que entra dentro de su pensamiento.

Buen lector. Siempre fue un gran lector, su buena biblioteca contaba con libros sobre temas actuales y bien fundamentados; le gustaba leer de todo: Teología, filosofía, doctrina social de la Iglesia, historia... Cuando las ideas le llamaban la atención, las subrayaba de forma muy intensa; ciertas expresiones las recogía con un círculo con bolígrafo... o anotaba alguna reacción al margen, como solía hacer con las hojas de ponencias en las que participaba.

Cuando hablaba parecía dialogar con la persona con la que se encontraba, se mostraba cercano, y al mismo tiempo insistente en lo que decía; y siempre pedía el asentimiento del otro: “¿No es verdad...?”

Hombre de gran calidad interior. No fue fácil su ministerio; el transcurrir de los años le permitió un doloroso aprendizaje, que si bien sembró en su corazón convicciones y amarguras, forjó también al hombre de fe y de una gran riqueza interior, forjado así, a golpes de realidades duras y complejas, hasta de incomprensiones cercanas, dentro y fuera de la Iglesia. Hablaba con unos y con otros; no era sectario ni hacía acepción de personas; su riqueza se encerraba más en el corazón que en la facilidad de palabra; tal vez le gustaba más pensar al no escribir mucho, “guardaba tanto en su corazón”, como María la Madre del Señor. Nunca vivió de prisas o intransigencias.

Hombre sereno. En su corazón se encerraban el ideal y la duda; la convicción y la sospecha; el amor y la compasión. A pesar de ser un hombre de su tiempo, que fue evolucionando con los años en su modo de ver la realidad, no vivió sumergido en las nostalgias del pasado, ni en la desesperación del porvenir. La serenidad llenaba de objetividad sus afirmaciones, por lo general breves; tanto que algunos se le impacientaban, y lo acusaban de pasivo.

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